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La dialéctica entre la innovación y la rendición de cuentas


accountabilityHace tiempo que no escribía en el blog y más aún que no escribía la palabra dialéctica. Hoy vengo con una breve nota sobre la relación entre rendición de cuentas e innovación pública. Spoiler: comienza hablando de las dificultades, pero al final hay boda.

Rendir cuentas puede ser visto como el fortalecimiento del control de gestión mediante la auditoría pública. Por lo tanto, demanda una mejor definición de las estrategias, de las acciones y de los objetivos, al tiempo que impulsa una mayor adhesión al plan operativo, incentivada por la presencia de una ciudadanía capaz de averiguar si hemos cumplido o no el compromiso.

Esto supone un shock cultural de primer orden en el nivel político. Los líderes de nuestras instituciones han crecido con la costumbre de decidir libremente, sin necesidad de explicar mucho. Incluso se llega a identificar la toma de decisiones con el arrojo un tanto suicida de quien desafía al azar. Por eso se frecuenta tanto el verbo apostar, hasta el punto de que todas las decisiones se traducen como apuestas por algo -por la movilidad sostenible, por el empleo juvenil, por la construcción de un nuevo parking. Y, claro, las apuestas siempre son apuestas personales, una ocasión para que alguien se imponga medallas si la cosa sale bien. Y si sale mal, su componente azaroso abre una salida honorable -nadie dijo que fuera seguro el éxito- hacia una responsabilidad light. La rendición de cuentas implica asumir la responsabilidad.

En el nivel técnico, el terremoto cultural no es menor. El funcionario medio, que ya encuentra suficientes obstáculos en la normativa vigente y las supersticiones corporativas, no se muestra excesivamente deseoso de añadir otro control a su burocrática vida laboral. Menos aún cuando viene de un colectivo iletrado en las materias que le atañen: la ciudadanía. Por suerte, siempre queda el recurso al cumplimiento, como compuesto de cumplo y miento, algo que ya aprendieron a hacer cuando el jefe se empeñó en implantar la ISO 9001.

Por fin, encontramos que la ciudadanía, de manera general, no anhela participar como auditor cívico de las políticas públicas. Y es que conlleva aplicar mucho interés, dedicarle esfuerzos y meterse en líos indeseados. Así que los principales voluntarios para auditar a la administración suelen provenir de dos colectivos: la prensa y la oposición, que saludan con más alegría los fracasos que los éxitos.

¿Y cómo es que todavía me llaman para implantar sistemas de rendición de cuentas? Bueno, en muchos casos empieza a ser una obligación, al amparo de normas de transparencia y de buen gobierno. Pero, además, las barreras descritas no bastan para contener la irrefrenable idea de que el camino a la legitimidad pasa por la rendición de cuentas, la cual funge de pieza indispensable para engranar la integridad, la transparencia, la participación, la buena gestión; en definitiva, el buen gobierno. Y la mayor parte de la clase política, del funcionariado y de la sociedad civil realmente quiere avanzar hacia una gobernanza mejor y más legítima. Yo también, por cierto.

O sea, que la rendición de cuentas es bienvenida pese a los miedos que suscita. Ahora bien, al nombrar algunas piezas de buen gobierno que se engranan con la rendición de cuentas, habréis notado que no he nombrado a la innovación pública. De hecho, la relación entre innovación y rendición tiende a problemática. Me explicaré.

La innovación en las administraciones públicas, a diferencia de la que puede darse en algunos servicios especializados, públicos o privados -como la sanidad o la vivienda-, consiste básicamente en proponer visiones movilizadoras dentro de ámbitos organizativos donde se pueda experimentar, compartir conocimiento, involucrar a los usuarios y equivocarse antes de acertar. En este entorno, gestionar la innovación es gestionar la cultura de la innovación.

Una cultura innovadora depende de la adopción de un valor -la confianza radical– y de comportamientos coherentes con el mismo. Y ahí es donde la rendición de cuentas irrumpe de mala manera. No es fácil alimentar una incipiente cultura de innovación, con su tolerancia al error y su preferencia por la flexibilidad y la libertad frente a la planificación estricta, cuando ahí afuera vigila una ciudadanía crítica, que quizá no vaya a ser muy comprensiva con nuestros creativos titubeos. Ya no sólo temeremos al jefe, sino también al cliente.

(Off-topic. Desde que soy autónomo ya no tengo un superior, sino muchos: cada cliente es un jefe).

He prometido un final feliz y no necesito forzar el argumento ya que, realmente, la rendición de cuentas y la innovación no sólo no se restan, sino que pueden sumar y hasta multiplicar. La rendinnovación es posible, aunque horrísona. Todo es cuestión de entender las relaciones dialécticas entre una y otra. He preparado esta breve lista de interacciones positivas que espero me ayudéis a completar:

  • La rendición de cuentas proporciona una lista de prioridades sobre las que lanzar programas de innovación.
  • La rendición de cuentas participada capacita a ciudadanos para implicarse en procesos de innovación abierta.
  • La evaluación de procesos de innovación y, en concreto, la transparencia respecto de las soluciones desechadas, ayuda a fundamentar la decisión tomada.
  • La caracterización de una parte de los proyectos como proyectos experimentales permite distinguir entre compromisos de resultado, frente a actividades de exploración.
  • La evaluación de procesos de innovación genera un banco de conocimiento utilísimo para el sistema de innovación.
  • La libertad necesaria para innovar se equilibra con la otra cara de la moneda: la responsabilidad.

En definitiva, necesitamos considerar al mismo tiempo a la rendición de cuentas y la innovación en la transformación de nuestras organizaciones, para poner ambos elementos en sintonía productiva. Mejor aún, combinados con el resto de elementos de lo que se está empezando a llamar gobernanza inteligente.

 

Foto: rendición de cuentas con tiza sobre pizarra en el restaurante de Sambucus Cooperativa. Manlleu (Barcelona)

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