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Colaboración público/privada
«Para que el GE (Gobierno Electrónico) sea una realidad es necesario reunir voluntades y crear sinergias, entre lo público y lo privado, entre funcionarios y técnicos, entre quienes diseñan estrategias y quienes deben ejecutarlas».
Y añade que: «nuestros gobiernos exhiben notorias limitaciones para mantener vínculos claros, transparentes y constructivos con las empresas proveedoras«.
En Administraciones en red abogamos por una Administración relacional en la que las empresas colaboradoras de la Administración pública sean también actores protagonistas, junto con los ciudadanos, los políticos, los empleados públicos y otros agentes sociales.
Lenguaje administrativo versus lenguaje ciudadano
Sin embargo, nunca me había planteado seriamente el tema del lenguaje administrativo con respecto al castellano o español. De alguna forma, daba por sentado que en este idioma no había problemas de comprensión, por muy rebuscado que pudiera ser el estilo de los documentos administrativos.
No fue hasta hace apenas un año, con motivo de la publicación de los Libros de Estilo del IVAP (Instituto Vasco de Admnistración Pública), cuando tuve mi primer contacto con un enfoque digamos profesional del lenguaje administrativo en castellano.
Vértigo en el escaparate
«La Administración digital funciona en red. Es necesario interactuar con otros permanentemente: con los ciudadanos, con otros funcionarios, con empresas colaboradoras, etc. Por tanto, el funcionario digital debe estar abierto a la intercomunicación, debe ser colaborativo, debe tener disposición a participar y a facilitar la participación de los demás. Es un funcionario que trabaja en el escaparate, porque la transparencia es uno de los valores de la Administración digital«.
Sin embargo, percibo que esto de exponerse en el escaparate produce cierta sensación de vértigo. Somos muchos los que nos sentimos más cómodos en la trastienda. Tenemos demasiado pudor para desnudarnos ante los demás, aunque el streaptease no sea integral (ni mucho menos). Nos parece arriesgado lanzar nuestras ideas a los cuatro vientos, exponiéndolas a la crítica de los demás. A lo mejor es que no queremos molestar, ni molestarnos, ni, de paso, que nos molesten. Entonces, ¿estamos preparados para ser los funcionarios digitales que la e-Administración necesita?
El valor de las buenas prácticas
Estoy de acuerdo en que de los errores se puede aprender mucho, incluso de los ajenos. No en vano llevo un tiempo animando a la Administración a equivocarse, a arriesgar más. Y reconozco que uno de los rasgos característicos de la Administración es la aversión al riesgo. Lo que, por cierto, hace más necesario predicar la conveniencia de aprender de los errores, cual misionero en mezquita.
También puedo estar de acuerdo en lo aburridas que resultan las buenas prácticas. Ahora bien, creo que tienen un valor muy importante en la Administración.
Efectivamente, hay soluciones muy sencillas, muy evidentes, que no se adoptan, simplemente, porque no se han probado antes. Y es que en la Administración cuesta mucho ser el primero.
Desde mi punto de vista, muchas veces, las buenas prácticas sirven para demostrar que algo ya ha funcionado en algún sitio. Y eso es algo que tranquiliza mucho al directivo público a la hora de tomar decisiones.
Por tanto, en mi opinión, el valor de las buenas prácticas en la Administración es, sobre todo, su potencia demostrativa.




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