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No está claro adónde, pero cada vez vamos más rápido


Mono pensadorHoy ha comenzado la Semana Santa. Hace unos años era tiempo de ejercicios espirituales. ¿Os acordáis los que ya tenéis una edad?

Como estoy de vacaciones he desayunado más tranquilo, leyendo el periódico. Me ha llamado la atención una entrevista con un jesuita catalán, Javier Melloni. A continuación, negro sobre blanco, algunas ideas que me ha sugerido esta entrevista.

Es tiempo de vacaciones, de diversión, de no quitarse de las prisas, de seguir a pies juntillas las pautas de ocio que nos “sugiere” nuestra sociedad, pero también puede ser tiempo de reflexión. Recuperemos, ¿por qué no?, lo mejor de los ejercicios espirituales. Es bueno bajarse de la noria de vez en cuando y pararse a pensar, tomar consciencia, mirarse a uno mismo y mirar alrededor.

Javier Melloni habla en esta entrevista de la infelicidad instalada en los países ricos. Según él: “Nuestro gran problema en occidente es que tenemos tantas cosas que perder que desconfiamos de todo. Ésa es la paradoja, los países que más tienen son los más cerrados y los más rígidos”.

Muchas veces he pensado en esta idea que él expresa así: “hemos construido toda nuestra civilización en tener y tener a un ritmo que ya no sabemos cómo se para este tren”.

Recuerdo cuando en las casas habían menos juegos, pero se jugaba, menos libros, pero se leían, menos música, pero se escuchaba. Era la época en la que el slow food no era una teoría, sino una práctica diaria. Había menos, pero se apreciaba más. Precisamente por eso, supongo. Ahora vivimos en un zapping continuo. Todo pasa rápido por delante nuestro y apenas tenemos tiempo para detenernos en casi nada.

Puede parecer un salto en el vacío, pero tengo la sensación de que en las administraciones (y seguramente también en las empresas) nos pasa algo de eso. Corremos como el conejo de Alicia. Se hacen planes y más planes, que son sustituidos por nuevos planes casi antes de que tomen cuerpo los anteriores, se promulgan leyes y normas de todo rango, que se funden y confunden en un entramado inescrutable, se invierte en equipos y en sistemas que antes de haber sido asimilados por las personas ya hay que cambiarlos por otros más sofisticados. Es como si pasaran por delante nuestro trenes cada vez más rápidos que nunca llegamos a alcanzar, que ni siquiera estamos seguros de adónde nos llevarían.

Pero el hecho de que pasen ya se considera positivo, son muestra de diligente actividad. Incluso, las grandes consultoras establecen rankings entre los países y entre los gobiernos. Gastar (perdón, invertir) se convierte así en una exigencia, si no queremos formar parte de los vagones de cola del tren de la modernidad y del progreso.

Y todo esto al servicio de qué, ¿dónde quedan las personas?, ¿qué modelo de vida se propone?, ¿cuál es la velocidad mínima que necesita esta bicicleta para no perder el equilibrio?, ¿se trata de ser más competitivos o más felices?, ¿estamos seguros de que las dos cosas van en el mismo paquete?

Alorza se alegraba esta mañana de que su post sobre los valores de la administración hubiera sido uno de los más leídos en este blog durante el mes pasado. Yo también me alegro. Todo lo que hagamos debe estar inspirado en unos valores. Lo contrario es poner el carro delante de los bueyes. Vamos muy rápido, no hay duda, pero no estaría de más bajarse de esa noria que decíamos y pararse a pensar hacia dónde.

¿No sería posible concebir una administración artesana en la que las personas fueran conscientes del sentido de su trabajo, lo realizaran con esmero y encontraran satisfacción en ello?, ¿una administración hecha por personas al servicio de las personas?, ¿una administración que no compitiera, sino que colaborara con las demás administraciones?, ¿una administración que tuviera por misión contribuir a la felicidad de la ciudadanía a la que sirven?

Quiero terminar este post “semanasantero” con una anécdota que contaba Javier Melloni:

“Un trabajador de una ONG en África recibió allí un paquete con sus caramelos preferidos pero en vez de comérselos él optó por regalárselos a los niños con los que desempeñaba su voluntariado en un internado del país. En la hora del patio sacó la bolsa de los dulces y les dijo a sus chavales que el primero que llegase al árbol más lejano del patio se los quedaría. Su sorpresa fue que la reacción espontánea de todos los niños fue la de cogerse de la mano y llegar todos juntos a la vez. En este momento se dio cuenta de lo deformados que estamos y lo mucho que tenemos que aprender de ellos. Tienen mucho que enseñarnos a correr juntos al árbol y a dejar de actuar como si el primero se lo llevase todo”.

¿Será que me estoy haciendo mayor?

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  1. 03/04/2007 en 08:55

    Eectivamente Iñaki, creo que el aprendizaje tiene que ser continuo y reposado: norte-sur, oriente-occidente, profesores-alumnos, padres-hijos…
    Y parafraseando tu título un padre de mi tutoría en una reunión de padres me dijo una frase que se me quedo grabada: “Josu, no se a donde vamos, solo se que vamos a una velocidad de la hos…”
    Un abrazo y pasa unas buenas y reflexivas vacaciones

  1. 06/01/2012 en 13:22

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