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La escuela pública debe dar desayunos


De entre las prestaciones de la administración pública, una de las que tienen un carácter inequívoco de servicio es el de la educación. Hace menos de un mes, Iñaki tomaba de Toni Puig una lista de elementos clave para pensar los servicios públicos, entre los que citaré dos:

  • “El método pone en primer lugar los deseos, necesidades y problemas de los ciudadanos”
  • “Es necesario que los ciudadanos que usen el servicio queden satisfechos, es decir, que hallen respuestas en el servicio. Los servicios siempre son solución “.

Tomando estos mínimos, voy a defender la idea de que la escuela pública vasca no está orientada a satisfacer las necesidades de las familias, tal como se plantean en la época que nos toca vivir. Antes de tirar piedras, aclararé que mi hija y mi hijo estudian en la escuela pública, -en infantil y primaria, respectivamente-, que me considero un defensor de la escuela pública, y que me parece notable la calidad de la educación que están recibiendo.

No es posible evaluar la calidad de un servicio sin relacionarlo con las necesidades de sus usuarios. La escuela pública tiene la responsabilidad de ser útil a la sociedad a la que pertenece y, más concretamente, a las familias con niñas o niños en edad escolar. Aunque el modelo familiar es ahora más diverso de lo que ha sido nunca, todas las variedades –con la mujer incorporada o no al mercado laboral, mono y biparentales, autóctonas, mixtas o de procedencia exótica- coinciden en una necesidad de organizar su tiempo de manera tensa. En el caso de que la economía doméstica sea desahogada, lo más corriente es recurrir a una mujer contratada que ayude a cuidar de los niños. En otros casos –e incluso en éste, a menos que se trate de un contrato a jornada completa- el cuidado de los niños se organiza tirando de red social, especialmente de los abuelos, cuando aún están operativos, y mediante complicados malabarismos que nunca sabes si van a salir bien. De entre las que trabajaban, algunas lo dejan con el segundo hijo, con la insegura esperanza de reprofesionalizarse años después. Otras –casi nunca, otros- solicitan reducción de jornada, lo que las condena, en una abrumadora mayoría de las empresas, a abandonar sus ambiciones de crecimiento profesional.

En este contexto, una necesidad básica de las familias es la de contar con un servicio de cuidado de los niños. No hablo de educación, que está bastante bien resuelta, sino de guardería. Las madres y los padres necesitamos dejar a nuestros niños en buenas manos antes de la hora de fichar y recogerlos una vez acabada la jornada laboral. No sé si es bueno o malo para los niños, ni creo que haya consenso acerca de esto entre los pedagogos: es lo que nos toca vivir.

Sin embargo, la escuela pública impone unos horarios y un calendario que desafían los mejores intentos de adaptación de los padres. Por ejemplo, ayer han empezado el curso mis dos niños. El mayor empieza a las 9:00, mientras que la pequeña va a entrar, durante dos semanas, a las 10:00. ¿En nombre de qué principio? No es una medida de adaptación para los pequeños, ya que se trata de su tercer año de escolarización, sin contar con la guardería. Es, simplemente, una sistemática que conviene a las organización del centro. Pero, para madres y padres, no existe horario flexible que lo resista.

Otro ejemplo. La hora de salida es a las 16:30. Después, muchos niños siguen cursos extraescolares, que comienzan poco después. Durante esos quince minutos entre la salida y la extraescolar, nadie cuida del chaval, por lo que tiene que ir uno de los padres a darle el bocata y vigilar que no se parta un brazo. ¿Quién dispone de esos quince minutos a las 16:30, a no sé qué distancia del trabajo?

Aún más, el calendario escolar está lleno de agujeros formados por esas festividades sólo para la infancia, como los Carnavales, el día del maestro y otros varios, junto con maravillas como la jornada intensiva infantil durante el mes de junio. ¿Qué hacemos esos días? ¿Pedimos fiesta en nuestro trabajo? No suele ser posible.

Cuando expongo estos problemas a mis amigos docentes, casi siempre obtengo la misma respuesta: “la escuela no es un almacén de niños”. ¡Claro que no lo es! ¡¡Pero debería serlo!! En esta sociedad, la escuela no puede limitarse a la función educativa, sino que debe incorporar la atención a los niños durante el horario laboral de sus padres y tratar de que esas horas se lo pasen bien, las empleen en actividades saludables y se socialicen adecuadamente. ¡Qué más quisiéramos muchos padres que poder ocuparnos en persona! Para bien y para mal, ésa es una función que muchos nos vemos obligados a delegar.

Conozco el caso de una persona, con una economía doméstica bastante justita, que ha enviado a sus hijos a la escuela privada ¡porque le sale más barato! En la escuela privada puede dejar a su hijo a las 7:30 y llegar a tiempo a su trabajo. En otro caso, tendría que contratar a una persona para cuidar y transportar al niño por las mañanas.

En alguna escuela pública, la AMPA ha establecido como servicio complementario el cuidado de niños desde las 7:30. Esta es una de las ventajas de que el servicio en los centros educativos esté, en parte, coproducido por la comunidad escolar: a veces, se producen innovaciones interesantes. Otras comunidades escolares podrían imitar esta buena práctica y mejorar la cobertura de las necesidades en su barrio, en lo que sería un ejemplo de administración experimental.

Pero yo iría más allá. Creo que el problema de la conciliación de la vida laboral y personal es tan acuciante, y tan resistente a las medidas de fomento, que es hora de considerar la guarda de niños como un servicio público básico. Como dice una amiga docente, que asume el compromiso, “la escuela pública debe dar desayunos”. La financiación del nuevo servicio no debería ser un problema: lo mismo que hoy en día pagamos por el comedor, podríamos pagar por el servicio de cuidado fuera de horas docentes. Aunque aún sería mejor que se tratara de un servicio subvencionado. No hacen falta nuevos fondos para esto. Basta con retraer una fracción del dinero que entregamos a la educación privada y, así, de paso, reducimos la contradicción de que algunos colegios públicos no consigan llenar sus aulas, mientras que hay lista de espera para entrar a los privados, subvencionados al 100% por todos nosotros.

Por fin, no hay que perder de vista las posibilidades de las TIC para mantener a los padres informados de cómo les va a sus hijos durante las largas horas de estancia en el recinto escolar. Ya hay ejemplos de colegios
que informan, vía web, de las incidencias del día, e incluso de lo que han comido los niños. Con un par de vueltas en una tormenta de ideas, se nos ocurrirían infinidad de soluciones tecnológicas para mejorar el cuidado remoto y la responsabilidad de los padres.

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  1. 27/04/2008 de 20:07

    @Ariadna: a ver si me explico: si por mí fuera, ni siquiera los llevaría a la escuela. Pero vivo en una sociedad en la que hemos alcanzado el derecho y la necesidad a trabajar los dos miembros de la pareja. En ese tiempo, tienen que estar en alguna parte los niños. Y el mejor lugar es la escuela.
    Cuando me toque la Primitiva y no tenga necesidad de ir a trabajar, podré desayunar, comer, merendar y cenar con mis hijos. Entre tanto, necesito cobertura.
    Seguimos en Candelaria.

  2. 27/04/2008 de 19:09

    Pues no estoy tan segura… Los niños tienen que ir a la escuela para aprender y socializarse como principales objetivos, pero no se puede pretender que estén en ella de 7 de la mañana a 7 de la tarde.
    Los niños tienen ritmos diferentes a los de los adultos, y no creo que debamos pretender que sean ellos los que se adapten. La conciliación familiar no debería pasar por ampliar los horarios escolares, sino por reducir los laborales.
    A veces es complicado, pero no deberíamos dejarnos caer en la idea de que la escuela es “la institución educativa” por excelencia y responsabilizarla de toda la educación de los niños, la familia es igual o más importante, por lo tanto, antes de reclamar lo que es más cómodo para nosotros, hay que pensar en la salud mental de los chavales, y ésa no pasa por estar 10 horas diarias en la escuela.
    Seguimos hablando en Candelaria?
    Saludos,
    Ariadna

  3. 16/09/2006 de 00:21

    Gracias por el link, Alfredo. Me parece muy buena iniciativa. Sin embargo, creo que responde a un problema distinto. En nuestro caso, no se trata de mejorar la alimentación infantil sino de resolver un problema de sociedad opulenta: familias con buen nivel económico, pero poco tiempo para cuidar a los hijos.

  4. 16/09/2006 de 00:21

    Me parece excelente. En Venezuela, las escuelas bolivarianas le brindan desayuno, almuerzo y merienda; ademas buscan amoldarse al concepto de educacion integral reconocido por la UNESCO(http://www.abn.info.ve/go_news5.php?articulo=61732)

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