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Una Administración anónima, pero con rostro


Este blog se asemeja a una vieja colcha tejida con hilos de varios colores. Si seguimos la pista de unos pocos podemos componer casi todo el contenido. Uno de estos hilos a seguir sería, sin duda, el de la cooperación entre las Administraciones o, mejor dicho, el de la falta de cooperación, inter e intraadministrativa, y sus funestas consecuencias.

Entre las causas que están impidiendo que las cosas se hagan con lógica, quiero destacar una en este artículo: la obsesión por el autor. Políticos y altos funcionarios experimentan la compulsión de dejar un sello personal, de construir una pirámide por la que ser recordados. Pero la ciudadanía compara a la Administración con los árbitros de fútbol, que funcionan bien cuando no te enteras de que existen.

Los políticos quieren ser reconocidos por el electorado. Para ser reconocidos, tienen que empezar por ser conocidos. Hasta aquí, todo encaja en la lógica del juego electoral. Pero la pulsión por dejar huella va mucho más allá y se enraiza en la naturaleza humana, en nuestros instintos como especie social. Recuerdo que en la escuela nos explicaban que Jorge Manrique, en las “Coplas a la muerte de su padre“, insistía en la buena fama como objetivo de una vida digna, porque la fama sobrevive a la muerte del cuerpo. Más recientemente, los primeros hackers colocaban trozos de código inocuos en los grandes sistemas informáticos, a manera de firma, en busca de una forma de posteridad. En clave de comedia, sé de un pintor de casas que colocó, en mitad del tabique que acababa de estucar, su firma –“el Dioni”-, porque, según confesó, “quería dejar algo de su autobiografía”.

En la web del Gobierno Vasco tenemos un sistema descentralizado de gestión de los portales de cada Departamento. Creo que no revelo ningún secreto si cuento que uno de los problemas de funcionamiento consiste en lo que el responsable del servicio web llama “la autoexpresión del webmaster“. Todos queremos ser identificados, todos queremos nuestros warholianos cinco minutos de fama.

En un post reciente nos extrañábamos de que cada institución pública esté construyendo su propia Administración electrónica. Como consecuencia, a cada ciudadano nos toca pagar una cuota de la infraestructura tecnológica del Ayuntamiento, de la Diputación, de la Comunidad Autónoma, del Estado y de la Unión Europea. En cambio, las grandes multinacionales forman consorcios para cofinanciar la investigación y el desarrollo cuando quieren introducir nuevas tecnologías. ¿No es posible construir una infraestructura neutral para su uso en todo el ámbito de la Unión Europea? Gastaríamos sólo una vez y, además, la interoperabilidad sería tan natural que nadie la nombraría como problema.

Que quede claro que esta propuesta no va en contra de la subsidiarización de las funciones públicas. Propongo descentralizar las decisiones hasta donde se pueda, pero compartir las grandes inversiones y las grandes infraestructuras. Por ejemplo, en Internet, donde casi sólo funcionan Google y otros dos o tres buscadores de cuyo nombre no quiero acordarme, nadie opina que sería preferible tener un buscador diferente en cada región. Y eso no impide un funcionamiento en red y radicalmente descentralizado.

Al afán de notoriedad, por más que sea ubicuo, no lo debemos aceptar como un destino inevitable. Las grandes obras del románico no tienen firma. Son obras colectivas, no extensiones protésicas del ego de sus autores. En el mundo de Internet, del software libre, del trabajo colaborativo, del copyleft, de la web 2.0, los autores son una pesadez. Y las asociaciones generales de autores, ni te cuento.

En resumen, defiendo una Administración anónima, construida entre todos y, por lo tanto, sin autor. Pero, al tiempo, la ciudadanía desea poner rostro a la primera línea de la Administración, desea identificar a un interlocutor, con nombre propio, que se ocupe de lo suyo, que le acompañe a recorrer el laberinto de su expediente administrativo. No son objetivos contradictorios: queremos una Administración comunal, que preste servicios de forma personalizada.

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  1. 05/03/2006 en 23:37

    Creo que la filosofía de trabajo de la comunidad del software libre puede ayudar mucho a las Administraciones Públicas a comprender lo que es crear software y aplicaciones comunes que beneficien a todos sin reinventar la rueda \”n\” veces (aunque en Spain tengamos más distribuciones de SL financiadas con dinero público que en el resto del mundo mundial).Y habría que empezar cambiando el modelo de negocio de muchas empresas TIC que venden los mismos artilugios tecnológicos a varias administraciones distintas; que no ceden el código fuente de los programas; que cobran por cualquier mejora que las Administraciones Públicas quieran hacer; y que luego van a otras administraciones para venderles esas \”innovaciones\” como si fueran propias.Y el \”cambio\” solo es posible cuando hay necesidad, así que será necesario que las Administraciones Públicas hagan un esfuerzo por construir entre todas Administraciones y servicios en red en lugar de seguir gastando cantidades desorbitadas de dinero público en aplicaciones cerradas, bloqueadas y que se desfasan antes de implementarlas.En este modelo de \”Administración enredada\”, el \”mérito\” de cada persona y/o organización estará en su contribución y aportación positiva que enriquezca al conjunto, no en su innovador desarrollo personal/organizativo que solo le sirva a ella para llevarse premios o salir en la foto.

  2. 05/03/2006 en 23:37

    Comparto la visión de la Administración como obra colectiva, en la que las diversas Instituciones cooperan, los empleados públicos se involucran y los ciudadanos participan.En euskera existe el concepto de auzolan: \”trabajo vecinal, trabajo comunal; trabajo en común de todos los vecinos\”.Estoy de acuerdo en que, en algunos casos, puede haber una tentación megalómana para construir esas pirámides que citas, por las que ser recordados. Antes de hacer algo, asegurarse bien de que será lo mayor y lo mejor de su género en el mundo. \”Oyeeee, que para eso somos de Bilbao, ¿no?\”.Pero mucho temo que, más que la obsesión por el autor, lo que dificulta la colaboración interadministrativa es la obsesión por el control. \”Sí, sí, ese sistema está muy bien, pero no es mío. Si lo utilizo yo, voy a depender de tí para prestar mis servicios\”. Esto de ponerse en manos de un tercero produce una especie de miedo escénico. A veces, hasta con propósitos nobles: \”si me construyo mi propio sistema me aseguro el servicio de mis clientes\”. Detrás de este razonamiento subyace la suposición de que lo mío va a funcionar mejor que lo del otro. Esto de no fiarse de los demás no sé si es general de los humanos o si se agudiza en el ámbito público. A veces, incluso, hasta tendremos buenos motivos para no fiarnos.Por cierto, hasta en el románico los canteros dejaban su firma en las marcas de cantería.

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