No disfrutamos trabajando

16/10/2007

chaplin tiempos modernosNo disfrutamos trabajando, ni disfrutamos en el paro”, cantaba lúcidamente Evaristo en 1984, al frente de La Polla Records. Entonces, el paro era la amenaza que atenaza. Veintitrés años después, la frase sigue siendo válida para muchos, pese a que ahora, cercanos al pleno empleo, nos preocupa más la hipoteca que la cola del paro.

Son muy pocas las personas que realmente disfrutan con su trabajo. Incluso los que nos sentimos afortunados reconocemos que muchas de las horas que pasamos sentados en el puesto son losas que pesan sobre nuestro espíritu. Y, sin embargo, tampoco disfrutamos de la falta de trabajo. El raro día que me quedo en casa por motivos de salud, me siento culpable, no sé de qué. Sólo nos damos permiso para disfrutar de las vacaciones estipuladas, quizá porque los convenios establecen que “el trabajador disfrutará de n días de vacaciones”.

En la tremenda y excelente novela “Lo real”, Belén Gopegui propone como héroe a Edmundo, un personaje individualista que recurre al disimulo y la mentira para liberarse de las miserias laborales. Es un libro incómodo, no sólo por hacernos convivir con una persona de moralidad tan poco presentable, sino porque consigue que le admiremos. El trabajo por cuenta ajena es siempre desagradable y nuestra obligación es, como la del preso, escapar de él. Así, los personajes más simpáticos de la narración son aquellos que fingen trabajar pero, a escondidas, escriben poesía, estudian ajedrez, o… ¿editan un blog?

Es triste pensar en una vida así hasta los cuarenta años de servicio. Algunos creemos que podemos conciliar nuestras pasiones y nuestras obligaciones laborales, mediante el truco de fusionarlas. Pero la estructura nos mata. Alguien recordará que, entre las cosas que odio, una es “hacer ahora lo que me toca hacer ahora, en lugar de hacer ahora cualquier otra cosa”. Cada lunes suena en mi cabeza “welcome to the working week”, como banda sonora de la imposición de un horario laboral como primera y casi última obligación del empleado.

Ricardo Semler, para cortar el nudo gordiano, ha decretado en su empresa, Semco, el fin de semana de siete días. Partiendo de la premisa de que los empleados son adultos, pone todos los medios para que puedan vivir y trabajar como adultos. Sin imposiciones. Y le funciona.

Otros han instaurado un culto a un concepto elusivo: la motivación. Son gente bienintencionada que no cree en la infelicidad, sino en la desmotivación. Y si la motivación no funciona, será porque el mando intermedio no sabe motivar. “Eso se soluciona con más formación“, es su mantra. No pertenezco yo a ese culto. Dejadme ser responsable de mi propia motivación.

Quizá el funcionario sea el estereotipo del trabajador desmotivado, que no sabe disfrutar de su jornada laboral. Como sabéis, no me creo del todo esa historia: la administración suele pagar bien y reúne a mucha gente de primera división. Existen unidades muy dinámicas junto a otras con encefalograma plano. Yo diría que en la empresa privada sucede otro tanto, con la única sustitución del electroshock por la lobotomía.

¿A dónde quiero ir a parar con estas divagaciones? Yo mismo no lo sé. Quiero ver alguna esperanza en los conceptos asociados a la web 2.0: una organización en red, donde los individuos contribuyan voluntariamente y establezcan una relación provechosa con una constelación de personas de dentro y de fuera, con la que cooperen para alcanzar resultados que sean valiosos para la ciudadanía.

Tal vez la blogosfera esté mostrando el camino. ¡Cuántas horas dedicamos a mantener la conversación viva! ¡Cuántas noches se nos van de claro en claro, cuántos días de turbio en turbio! Pero no lo consideramos trabajos de amor perdidos, sino una parte de lo más divertido y recompensante de nuestras vidas.

Quizá la clave está en la falta de cuantificación: no contabilizo las horas que dedico a esto, el dinero que me cuesta, los beneficios que obtengo. La única regla es la voracidad: siempre quiero más.

Como dice Serrat: “¿no le gustaría no ir mañana a trabajar y no poner a nadie excusas, para jugar el juego que mejor juega y que más le gusta?”.

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  1. 16/10/2007 en 22:50

    No sé si has llegado a alguna parte, pero… …¡cuánta razón tienes!
    Un buen post para leer “esos días”. Habrá que meterlo en los “Book marks” o “Laster-markak” que dice mi navegador.

  2. 17/10/2007 en 08:26

    El problema es que para sentirte mínimamente agusto es importante que te guste lo que haces, creas en ello y exista algún tipo de reconocimiento si lo haces bien. Y no necesariamente económico. Eso no pasa en el sector público, donde las personas no se consideran más que engranajes de la maquinaria administrativa que cumplen simplemente una función. Así es difícil tener un mínimo impulso vital interior para tener ilusión en el trabajo.

  3. 17/10/2007 en 11:01

    La empresa necesita ser eficiente y productiva para rentabilizar el capital, mientras que a la administración le vale, si acaso, con lo primero. Por tanto, la empresa tiene un plus para intentar arreglar el que sus empleados no disfruten trabajando, so pena de morir. La administración nunca morirá.
    Yo creo que no es cuestión de formar a los cuadros medios/altos para motivar. Saber técnicas y aplicarlas sin creer en las personas es un parche temporal en la línea de la “ética del carácter” que apunta Covey.
    Es algo que tiene que salir de dentro de los que gestionan equipos o departamentos. El primer paso: creer en las personas, sus emociones y talento… y saber gestionarlo adecuadamente, lo cuál es una tarea ardua y difícil y anterior a la web 2.0, seguro. No te puedo decir si funcionaría en el entorno de trabajo de la administración ¿?, pero es una vía muy atractiva para investigar y creer en ella. Puede ser una visión para ir a trabajar con más optimismo, disfrutando…
    Además, ¿la administración de hoy no sería muy parecida a las multinacionales y grandes corporaciones de hace décadas? Y estas, han evolucionado; por tanto, la administración también tendrá que hacerlo.
    Te veo bajo…

  4. 17/10/2007 en 11:25

    Esto también lo decía La Polla (gran grupo):
    “Todo el día reventando
    a un cabrón beneficiando
    encima con cachondeos
    de amor al trabajo.
    ¡Ayho, ayho, ayho!
    Cuando llega el final de mes
    con mirada de desprecio
    te reparten sus migajas
    agradecimiento.”

  5. 17/10/2007 en 21:25

    @amalgama: no, no estoy nada bajo. Asumo que todos los trabajos tienen algo de penosidad, y el mío es de los mejores. Pero también creo que otra organización del trabajo es posible.

  6. 17/10/2007 en 21:35

    En tiempos me encantaba presumir de disfrutar con mi trabajo. Pero cada vez menos a menudo tengo esa sensación. Mi motivación baja por momentos.
    Lo que pasa es que en la administración, tarde o temprano, a todos nos han hecho jugarretas, se reconoce muy mal el esfuerzo y la dedicación, los tantos se los apuntan otros.
    Porque quienes promocionan no son los mejor preparados sino quienes han sabido hacerse con los amigos apropiados. No lo digo sólo por mi, es una constante a mi alrededor.
    Esto cuando no llega el político de turno, que va a arreglarlo todo, porque por algo le han elegido, y te echa por tierra todo el trabajo y tienes que empezar de nuevo. Cuidado, que me ha pasado con ambas caras de la moneda.
    Esta semana está siendo especialmente dura, me alegro de que hayas planteado este tema, al menos me siento menos sólo.

  7. 18/10/2007 en 11:35

    La artesanía te cambia el foco y funde mundos que navegan separados. Renuncia a la separación y verás cómo aparecen nuevas alternativas. Conste que cuesta la sensación de pecar: disfrutar en el trabajo, o sea, pecar.

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