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Nota sobre el debate de la función directiva pública
Antes que nada, quiero agradeceros vuestra extraordinaria participación. Estoy encantado y, al mismo tiempo, un poco abrumado. No quisiera defraudar las expectativas generadas. Os aseguro que pondré todo mi empeño.
Está muy bien que comentéis en este blog, por supuesto. Os animo a hacerlo todas las veces que queráis y de forma tan extensa como os apetezca. Pero quiero subrayar que la conversación no se limita a los estrechos márgenes de este blog. Ya sabéis que “no son los blogs, sino las blogosferas”. Así, como debe ser, este debate ha continuado también en otros blogs:
- ¿Deben ser los Directores Generales funcionarios públicos? (Rafael Chamorro)
- Más aportaciones al debate de la función directiva pública (Oscar Cortés)
- Quiero ser Director General (Rutilio Alonso)
Si sabéis de alguna otra aportación, os agradeceré que me la hagáis saber para añadirla a la lista.
Pero el objeto de esta nota es, sobre todo, contaros mis planes a corto plazo sobre este debate.
En qué consiste la función directiva pública
Apenas enumeré en un post anterior los aspectos que deberían tenerse en cuenta a la hora de analizar la función directiva pública y unos cuantos, en vuestros comentarios, ya habéis ido directamente al meollo de la cuestión. Y es que cuando se saca este tema es difícil eludir la polémica de si tienen que ser galgos o podencos.
Siguiendo con mi obsesión de ir por partes, se me ocurre que es más lógico concretar primero de qué estamos hablando, y ya sacaremos después las conclusiones que nos parezcan. Si estamos hablando de la función directiva pública, no estaría de más empezar por una puesta en común intentado llegar a una idea compartida sobre en qué consiste esta cosa que llamamos «función directiva pública«.
Tal vez, algunos penséis que, a estas alturas de la película, la cosa ya está clara, que es evidente de qué estamos hablando. No diré que no. Pero si es así, no costará mucho ponerlo negro sobre blanco. Vayamos pues con ello.
Profesionalizar la función directiva pública
Hace un par de semanas se suscitó un interesante debate en el blog de Oscar Cortés sobre la siempre polémica cuestión de la dirección pública. El título de su post ya lo propiciaba: «Directivos públicos: la pugna entre políticos y funcionarios«. La verdad es que este tema me parece crucial para la transformación de las administraciones públicas y creo que no se le suele conceder la importancia que tiene. En unos casos, porque tal vez estemos tan acostumbrados al sistema actual de cobertura de los puestos directivos de la Administración pública que hayamos llegado a pensar que es natural que las cosas se hagan así y, en otros, porque posiblemente consideremos que los intereses en juego son demasiado fuertes para que el sistema pueda cambiar, con lo cual no merecería la pena perder mucho tiempo en este debate.
Desde mi punto de vista, no se trata de un pulso entre políticos y funcionarios, ni mucho menos. La cuestión es que las personas que ocupan los puestos directivos en cualquier organización, y la Administración pública no es una excepción, tienen una influencia enorme sobre su funcionamiento. Si queremos conseguir unas administraciones eficientes no podemos eludir el tema de la dirección pública. Y el debate no es si los directivos públicos deben ser o no funcionarios, sino cómo dotar a las administraciones públicas de los directivos adecuados para su buen funcionamiento.
Me quedo con esta frase de Oscar Cortés: «Estamos de acuerdo con que la idea fundamental debe ser la PROFESIONALIZACIÓN de la función directiva, que garantice a las administraciones públicas disponer de personal directivo de alta capacitación y preparado para liderar el sector público del futuro».
Con más vagancia y menos burrocracia, disfrutaremos trabajando
¿Cómo? No os asustéis todavía: dejadlo para después de leer este post. El título se refiere simplemente a una pequeña conversación entre los blogs «Sociedad conectada. Voz y voto«, «Los sueños de la razón» y nuestro «Administraciones en red«, a raíz del post «No disfrutamos trabajando«.
Félix Serrano, en su post «Burrocrracia» (sic) nos recuerda, a partir de los significados de la palabra burocracia, «que no por mucha Administración Electrónica que pongamos, si no intentamos de verdad cambiar el enfoque, estaremos construyendo la versión digital de la Burocracia Electrónica«. Oscar Cortés y la añorada ChicaGato hacen comentarios antológicos. Y, si entiendo bien, Félix propone la lucha contra la burrocracia como un antídoto contra la frustración laboral.
Miguel, en cambio, se nos pone paradójico y propone un nuevo modelo de gestión basado en la vagancia.
No disfrutamos trabajando
“No disfrutamos trabajando, ni disfrutamos en el paro”, cantaba lúcidamente Evaristo en 1984, al frente de La Polla Records. Entonces, el paro era la amenaza que atenaza. Veintitrés años después, la frase sigue siendo válida para muchos, pese a que ahora, cercanos al pleno empleo, nos preocupa más la hipoteca que la cola del paro.
Son muy pocas las personas que realmente disfrutan con su trabajo. Incluso los que nos sentimos afortunados reconocemos que muchas de las horas que pasamos sentados en el puesto son losas que pesan sobre nuestro espíritu. Y, sin embargo, tampoco disfrutamos de la falta de trabajo. El raro día que me quedo en casa por motivos de salud, me siento culpable, no sé de qué. Sólo nos damos permiso para disfrutar de las vacaciones estipuladas, quizá porque los convenios establecen que “el trabajador disfrutará de n días de vacaciones”.
De qué trata la modernización administrativa
Hace pocos días Oscar Cortés repasaba en su excelente blog las estrategias de modernización de las administraciones públicas. En los comentarios al post, Alorza con su “dardo en la palabra” preguntaba: “¿sigue teniendo vigencia la palabra «modernización»? ¿A qué hace referencia exactamente? ¿Es lo mismo que «mejora»? ¿Equivale a «innovación»?”. No es baladí preguntar por el significado de la modernización administrativa. Y lo digo yo, que se supone me dedico a ello.
Desenredando el problema de la administración electrónica: ¡participa!
“Si ahora mismo pusieran a un ingeniero del siglo XIX a trabajar en una empresa se perdería, pero un Subsecretario del siglo XIX enseguida se haría con un Ministerio actual” (leído aquí)
Esta última semana, el debate más caliente en la blogosfera pública ha sido el iniciado por Rafael Chamorro en su post “las redes sociales versus la administración pública”. Hubiera sido más explícito titularlo como la película de Chávarri: “El desencanto”.
Rafa confiesa su hartazgo frente al hecho de que la administración no avanza, no se moderniza, no cumple con sus compromisos en materia de administración electrónica. Él se refiere especialmente a la AGE, pero cree que es un mal generalizado, por más que haya excepciones en las administraciones autonómicas y locales.
No es la primera vez que expone estas ideas, siempre de manera constructiva y aportando ideas para el cambio. Lo que destaca esta vez es el tono, “triste, solitario y final”, que diría Chandler. En estos momentos, ya ha recibido 16 comentarios, que en su mayoría coinciden con su análisis, por más que algunos queramos elevar los ánimos de la animosa tropa.
Os propongo que hagamos algo. Para saber que os propongo, debéis llegar al final de este post.
A Sarkozy le sobran funcionarios

Me he enterado vía K-Government de que Sarkozy piensa recortar 22.000 empleos en la Administración pública francesa. Para empezar, varios miles de los funcionarios que se jubilen durante los próximos años no serán reemplazados. Dice Sarkozy que él propone una revolución cultural: “Quiero una Administración pública más pequeña, mejor pagada y con mejores perspectivas de carrera”. En esta idea se mezclan varias cosas que cada una merecería su propio comentario monográfico, pero para este post me voy a quedar con lo del tamaño, que me parece de paso el deseo más sentido de los que expresa Sarkozy.
Por una escuela pública impura
Antes de empezar a disparar, presentaré mis credenciales. Me considero un defensor de la escuela pública. Mis dos hijos acuden a una. Mi pareja es miembro de la AMPA y del consejo escolar. Estoy satisfecho con la educación que reciben, al menos en comparación con la que podrían recibir en los otros centros públicos y privados.
Dicho lo anterior, creo que la escuela pública vasca está incumpliendo gravemente su responsabilidad ante las familias de esta sociedad. El servicio que presta es un servicio de mínimos. Y esto pone en riesgo el mismo sistema de educación pública, cuando las familias empezamos a pensar que nuestros hijos estarían mejor en un colegio privado o cuando, simplemente, el privado es el único que encaja con nuestras circunstancias vitales.
La reflexión de hoy continúa la que inicié hace un año cuando lancé el eslogan «la escuela pública debe dar desayunos».
Transparencia pública y ciudadanía cívica
El mes de julio demostró que el calentamiento global puede cursar con un enfriamiento local. No hay mal que por bien no venga: Iñaki aprovechó para quedarse en casa y publicar un grupo de tres posts (una tripostia) acerca de la discrecionalidad, el control y la transparencia en las administraciones públicas.
Al leer los comentarios y los otros posts a los que enlaza Iñaki, encontramos un acuerdo general respecto de la importancia de la transparencia. También el comentado libro “Administración inteligente” enfatiza la transparencia. La administración del futuro será transparente o no será. Todo muy bienintencionado, pero ¿seguro que estamos entendiendo todos lo mismo por “transparencia”?


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